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Relato de humor y princesas

Retomo la sección de relatos cortos con este relato de humor y princesas modernas. La protagonista no tiene reino ni corona, pero vive uno de esos días en los que todo se tuerce y es casi mejor no salir de la cama. ¿Te suena de algo?

Relato de humor y princesas: Princesas del siglo XXI

¿Sabes de esos días en los que si todo puede ir mal va peor? Pues hoy es uno de esos. Anoche se me olvidó poner la alarma del despertador y cuando las legañas me dejaron abrir los ojos esta mañana me quedaban solo diez minutos para llegar a la oficina a las ocho en punto.

Soy de las que necesita su tiempo para empezar a ser parte de este mundo, así que diez minutos no me dan ni para quitarme el pijama. Aun así, hice el intento, pero justo esta mañana nos han cortado el agua en el bloque y me he quedado sin café, por lo que mi mal humor va aumentando exponencialmente. Una intenta ser zen y esas cosas de los chinos, pero empezar así la mañana no ayuda a que los chacras se te ajusten y veas la vida de color de rosa escuchando jilguerillos, más bien de un negro muy muy oscuro. Los diez minutos me han dado para vestirme y hacerme una carrera en la media que no he tenido tiempo de cambiar, recogerme el pelo rebelde y salir literalmente corriendo hacia la estación de metro.

Con esas prisas no he tenido tiempo de mirarme en ningún espejo y casi me da un telele cuando me he visto reflejada en uno de esos horribles espejos de los ascensores de la estación. Sin maquillar y con los pelos bufados soy una mezcla entre Golum y la hija de la Pantoja. Y con las medias rotas, no se sabe si vengo de una fiesta loca o de pelearme con el gato.

Después de luchar contra la raza subhumana para que no me respiren en el cogote mientras espero el próximo tren, uno de mis tacones se queda enganchado en una rejilla y ¿crees que alguien se va a acercar a ayudarme? ¡Pues claro que no! Esta gente aprovecha la situación para colarse y subirse en el metro antes de que pueda solucionar mi problema.

Como es lógico ya no llego a la oficina a tiempo ni de coña, lo que va a costarme primero una mala cara de mi jefa, seguido de un email pasivo agresivo, eso sí muy educado, y de un ¿puedes venir a mi despacho, un segundo? O lo que es lo mismo más horas extras y lecciones morales sobre la puntualidad y la excelencia laboral.

Seguro que allí arriba alguien se ha levantado con ganas de cachondeo y ha decidido que hoy el cenizo tenía que caerme a mí. Como si lo estuviera viendo con estos ojos de oso panda desmaquillados.

Evidentemente, para esto si me sirven los dones adivinatorios y no para ganar la lotería. Tal y como había predicho ahí me está esperando mi jefa con su cara de bulldog cabreado y antes de que me de tiempo a encender el ordenador ya está llamándome a su despacho, ¡y yo con estas pintas!

—Cierre la puerta señorita Ramírez.

—¡A sus órdenes! —Tal como esa frase ha salido de mi boca la cara de mi jefa me demuestra que la voy cagando por momentos.

—No estamos para bromitas. ¿A qué se debe el retraso de hoy?

—A un problema en el metro. —En realidad lo del tacón aumentó el retraso, así que técnicamente no es una mentira del todo y es mejor que decir que me he quedado dormida.

—Eso no es una excusa. Sabe que no se puede confiar en el transporte público, así que se levanta antes y problema solucionado.

—Solo ha sido esta vez y siempre trabajo horas de más.

—¿Está pidiendo una medalla por eso, Ramírez?

—No. —Con una voz tan baja que casi ni me oigo a mi misma.

—Que no se repita más esta situación y espere una consecuencia de sus actos. Puede ponerse a trabajar y cierre la puerta cuando salga.

Me levanto sin decir nada, conteniendo mis ganas de dar un portazo como Dios manda, y abandono el despacho con una rabia contenida que presiento que va a estallar en cualquier momento. ¿Pero quién se ha creído que es la hija de la gran puta esta? Con sus mechas quemadas y maquillada con veinte capas que no sirven para ocultar su cara llena de granos.

¡Ay, Martina! Tú respira como en ese video de YouTube que te puso Pedro el otro día en la oficina y piensa que la vida es maravillosa. No, si lo del pensamiento positivo no es lo mío. Y sólo llevo dos horas en pie, demasiado margen para que sigan pasando cosas horribles.

De lo que menos ganas tengo ahora es de ponerme a trabajar pero cualquiera levanta ahora la vista del ordenador sabiendo que tengo los ojos de la jefa puestos en mí todo el tiempo. Así que abro todas las carpetas que necesito y me dispongo a leer la pila de correos electrónicos que tengo en la bandeja de entrada. ¡Por Dios! Que le gusta a la gente mandar emails…

Hago una lectura rápida de los asuntos acumulados y me llama la atención uno enviado por Recursos Humanos. Lo abro y mi cara se va desencajando y no sé si ponerme a llorar o a gritar. O las dos cosas al mismo tiempo. O mandar a todos a tomar por culo.

Al parecer, la cabrona de mi jefa había pedido asesoramiento a Recursos Humanos sobre la forma más adecuada para despedirme. En el email el departamento le explica con todo lujo de detalles las opciones y aconsejan que se ejecuten lo más pronto posible. Por error, la becaria me ha enviado a mí el email en vez de a mi jefa y por eso estoy leyendo ahora mismo toda esta información en bucle.

¿Lo ves? Sabía que el día solo acababa de empezar. A ver, Martina tú piensa y no te vuelvas loca antes de tiempo. El error te da un margen de tiempo para pensar tu próximo movimiento. Lo que tengo ganas es de ir a partirle la cara a la rubia de bote, pero sé que eso puede meterme en más problemas, así que lo único que se me ocurre es aprovechar que la orco se ha ido al baño para recoger mis cosas y pirarme de la oficina. Dejo una nota de que tengo que ir urgentemente al hospital y me voy antes de que nadie pueda preguntarme nada.

Bajo las escaleras con el tacón medio roto lo más rápido que puedo y cuando llego al lobby del edificio creo que me voy a desmayar de lo rápido que late mi corazón. Me quito los zapatos que me están matando y me monto en el taxi que está esperando fuera. Se está poniendo el día para meterse en casa y no salir nunca más.

Lo bueno de coger un taxi fuera de la hora punta es que en quince minutos estoy en el portal de casa, con los zapatos en la mano y unas pintas peores que cuando salí hace unas horas. Rezo para no encontrarme con ningún vecino, pero no puedo evitar pararme a abrir el buzón. Nunca tengo nada que no sean cartas del banco o publicidad, pero es una manía que tengo, abrir el buzón un par de veces al día, como si estuviera esperando una carta escrita a mano de un admirador desconocido. ¿Se nota que leo mucho a Elisabeth Benavent?

Recojo el montoncito de sobres y me monto en el ascensor agradecida de que nadie me haya visto. Voy buscando las llaves en mi bolso mientras pienso las opciones que tengo: hablar directamente con mi jefa, hablar con Recursos Humanos, irme de la empresa, denunciarles, meterme en la cama y hartarme de helado y palomitas… Quizás esta última no sea muy resolutiva pero es la que más me llama, como neones gigantes que se encienden en mitad de la noche.

Entro en casa, tiro los zapatos al suelo, y voy descartando las cartas que no sirven para nada mientras me voy desnudando. La última la abro por inercia ya que tiene unos colores muy bonitos. Es un bono de regalo para el haman que acaban de abrir en la ciudad. No me puedo creer que alguien me haya regalado nada, y efectivamente cuando vuelvo a ver el sobre, el destinatario es mi vecina la del quinto, esa que siempre está espiando cada uno de mis movimientos. Dudo por un segundo si subir a su casa a devolverle el regalo, pero entre lo mal que me cae y que ya me he quedado en bragas y sujetador dejo la carta y el dilema para más tarde.

Los problemas siempre me dan hambre, así que meto un paquete de palomitas en el microondas y decido cambiar la cama por el sofá mientras decido si llamar primero a Marta o a Ramón para que me aconsejen. Ramón seguro que me anima con sus chistes malos y montando de la escena un drama de Disney moderno; pero Marta me bajará a la tierra, me pedirá que respire y empezará a analizar todos los pros y contras de la situación.

Estoy pensando en ellos mientras saco las palomitas y las echo en un cuenco gigante. Me tiro en el sofá y voy engulléndolas a un ritmo frenético mientras miro de reojo el vale de mi vecina. ¡Qué bien me vendría un día en el hamam! De hecho si pudiera iría ahora mismo. En realidad, ¿quién me lo impide? Sí, vale, ya sé que no es mío, pero… ¿no es una señal de allá arriba compensándome por todas esas veces en las que Trini se mete dónde nadie la llama? ¿No merezco justo ahora una distracción como esta? Cómo no tengo a nadie que me diga lo contrario y aún no he llamado a Marta, marco el número de teléfono que viene en la hoja. Si lo cogen y tienen un hueco ahora mismo, es una señal divina. ¿Quién va a estar en un hamam a las once de la mañana? Parece que ese alguien voy a ser yo.

Termino de comerme todas las palomitas mientras me pongo unos vaqueros y una camiseta blanca de algodón. Cojo el bolso, meto un bañador, el vale de regalo del hamam, me pongo unas Converse negras y cierro la puerta. Mejor no pensarlo mucho por si me entran remordimientos. El disgusto de hoy me da derecho a saltarme las normas y que el karma me recompense (¿o robarle el regalo a la vecina me traerá más mal karma?) Decido ir andando para no gastar más dinero y me voy camuflando con el resto de las personas que, por motivos que desconozco pero imagino, están en la calle antes del mediodía (mujeres haciendo la compra, abuelos en el banco, adolescentes saltándose el instituto…)

Me siento un poco como un robot dirigido por sus propios pasos, como si alguien me hubiera programado. Ahora mismo no siento nada, ni ira, ni tristeza, nada. Mis pensamientos van saltando de un lado para otro como monos en la selva, hasta que llego al hamam y me acuerdo de que siempre me he sentido incómoda con los masajes y nunca puedo relajarme del todo. Estoy a punto de darme la vuelta, pero algo me empuja hacia el recinto y me dirijo a la recepción.

Una mujer, que debe ser más joven que yo, me atiende muy educadamente y después de unos minutos donde: enseño el vale, me muerdo las uñas compulsivamente, me piden mis datos y me informan de los servicios que incluye el regalo; me dirijo a los vestidores para cambiarme y dejar las cosas en una taquilla, mientras me voy comiendo compulsivamente unas cuantas chocolatinas que he cogido en el mostrador.

Pues nada aquí estamos, en un lugar precioso donde la gente viene a relajarse, expandir sus sentidos y a conectar con su naturaleza interior. Pero claro, a lo mejor la gente no tiene una cabecita como la mía a la que le encanta pensar cosas oscuras y dramáticas en los momentos en los que debe estar tranquila y sosegada. Así es ella, que le vamos a hacer. No me va a poner fácil eso de reencontrarme con mi lado zen.

A Trini deben quererla mucho, porque le han regalado el paquete top del hamam para cuidar su cuerpo y espíritu, o eso me ha explicado la chica de recepción. Primero me tocan 45 minutos en los baños árabes y en lo primero que he pensado es en como se me van a poner los dedos de arrugados. ¿Qué se supone que debe hacer una 45 minutos en remojo? Seguro que estarás pensando, pues relajarse. Obvio es, la práctica es otra cosa. Primero que el cuerpo se te adapte a la temperatura del agua. Mierda debería haber ido primero a hacer pis. Después que tu mente se quede en blanco mientras tu cuerpo se hace presente y disfruta del contacto del agua sobre la piel. ¡Qué bonito! ¡Pura poesía! Pero estos 45 minutos se me van a hacer eternos como mi mente no pare de pensar en tres mil cosas a la vez y en todo lo malo que va a pasarme como pierda el trabajo.

Cuando ya estoy como una pasita, mi imaginación ya ha creado todos los escenarios posibles de mis próximos días: desde verme tirada en la calle por no poder pagar el alquiler hasta mi propio funeral. Y mi ansiedad se va disparando a la velocidad de la luz.

Estoy pensando si irme directamente a urgencias cuando me toca una Kessa tradicional. Como no tengo ni idea de lo que es, me quedo, que una siempre ha sido muy curiosa. Vaya parece que tumbarse sobre una cama de piedra caliente, no está tan mal. Y el guante de fibra de algodón con este jabón natural me recuerda a cuando era pequeña y me daba los baños con mi hermana. Ya cuando voy viendo la espuma me pongo a pensar en otros recuerdos menos infantiles y se me olvida por unos minutos la presión que tengo en el pecho.

Al final, llega una chica con cara de no haber roto nunca un plato para indicarme que había llegado la hora de mi masaje. Ahora que justo empezaba a desconectar…

Cuando llego a la habitación, me está esperando una vela encendida con olor a azahar y un chico que es un dios griego bajado del Olimpo; y mira que la habitación tiene poca luz, pero es imposible no darse cuenta del maromo que me tocado. ¡Gracias karma! Lo que pasa es que mi vista está muy agradecida por este divinidad masculina, pero está tan bueno que me vuelvo más incómoda y todos mis músculos se tensan de golpe. Vamos a ver si además de belleza ,Dios le ha dado magia en esas manos.

Me dice casi a susurros que tengo más nudos que una cuerda de marineros. Eso ya lo sé, ya podría decirme con esa voz grave que me esperaba después de su turno para darme un meneíto. Así seguro que me desestresaba… Pero después de ese comentario, el silencio nos engulle y solo se escucha la música de fondo y el sonido de sus manos bañadas en aceite deslizándose por mi espalda contracturada.

Seamos sinceras, no voy a relajarme hasta llegar al nirvana, pero siendo justa debo reconocer que con cada ida y venida de sus manos por mi cuerpo, mi cabecita se va alejando del abismo de la negatividad para pasar al erotismo de mi imaginación. Algo es algo, ya me lo agradeceré más tarde a mi misma con el Satisfiyer. Tanto se me ha ido la mente con dioses griegos que cuando este en particular me avisa de que ya han pasado los 30 minutos, me sienta un poco mal, la verdad.

Me deja sola para que me cambie sin hacerme ninguna proposición indecente ni darme su numero de teléfono y mientras me visto me doy cuenta de que sí que me voy más relajada y contenta de cómo vine y con los cinco sentidos despiertos.

Saliendo del hamam ya no me invade ningún pensamiento negativo y aunque aún no he solucionado el marrón de lo que parece un eminente despido, mi cabecita loca ya está dándole vueltas a varias ideas para montar mi propio imperio sin jefas déspotas ni clientes insatisfechos.

Y como en el cuento de la lechera, voy de camino a casa creando planes que hacen que el día tan negro se convierta en uno lleno de posibilidades maravillosas. Soñar en las nubes, lo llamaría mi madre. ¿Y que tiene de malo creer en los cuentos de hadas y querer ser una princesa moderna e independiente del siglo XXI? Aunque eso signifique tener que arreglarte tus propios tacones.


 

Si te ha gustado este relato de humor y princesas, puedes leer todos mis relatos compilados gratis en la web de Wattpad o en la sección de relatos cortos de este blog.

 

 

 

 

4 comentarios

  1. Maria Carmen Jiménez Maria Carmen Jiménez

    Me ha encantado.

    • Alba Alba

      ¡Muchas gracias! 🙂

  2. pues no acaba tan mal el día ¿no? o te quedaste dormida y la última parte es un sueño ja,ja,ja.

    muy divertida la vida de las princesas

    • Alba Alba

      Gracias, Pedro.

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