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Relato de desamor: Culpables

Noviembre es un mes perfecto para traer un relato de desamor antes de que nos inunde la alegría navideña.

Este relato corto de desamor nos habla de culpables cuando el amor se desvanece. ¿Realmente los hay?

RELATO DE DESAMOR: CULPABLES

Admito que soy la única culpable de esta situación. Mi afición por desentrañar secretos ajenos es superior a mi autocontrol y siempre ha sido así desde que tengo uso de razón. Eso de ojos que no ven, corazón que no siente nunca fue conmigo.

Odio esperar, pero no puedo evitar llegar con tiempo de sobra a los sitios. Él lo sabe y por eso aparecerá en el último segundo, para sacarme de los nervios y aun así poder decir que él es el puntual y yo soy una obsesiva del control llena de manías estúpidas.

Creo que mi vida ha sido una continua espera por culpa de esto. Horas muertas en los aeropuertos, en las estaciones, en los bares, en las esquinas… Quizás por eso siempre pretendo aprovechar el tiempo con libros que llevo conmigo en el bolso. Pero la realidad es que esas oportunidades lectoras se me escabullen de los dedos, con miradas perdidas en detalles absurdos y divagaciones sin sentido. Soy de concentración distraída y el único lugar que me gusta para leer es bajo las sábanas limpias de mi cama con olor a lavanda o en su defecto lechos ajenos, como las de los hoteles. Ahora podría sacar el ejemplar de Laura Ferrero que llevo en mi bolso azul sirena, pero me pierdo entre las humedades del techo y el exceso de tonalidades marrones de esta habitación incómoda e intimidante. Detesto ese color, por más que se esfuercen por ponerlo de moda cada dos temporadas invernales. Para mí siempre será el color de la mierda.

También podría coger una de las revistas caducadas que están sobre la mesa de cristal y que todo el mundo utiliza para tener algo de lo que hablar después en la cola del súper o en la peluquería. O levantarme con la intención de poner en hora el reloj retrasado de la pared de enfrente; pero una vez más, mi vista se queda petrificada en el aparador caoba de la entrada, con sus medidas tan desproporcionadas y lleno de tiradores cromados. Si no fuera un territorio desconocido haría caso a mis instintos y me levantaría para explorar esos cajones que me gritan en silencio que los abra. Lo más seguro es que esté lleno de papeles inútiles, pero en los lugares más insospechados es donde se esconden las verdades más importantes.

Todo el mundo trata de ocultar algún secreto, por pequeño que sea. Les da poder tenerlos escondidos y mantener esa parcela de privacidad bajo la alfombra. Por no hablar de las vergüenzas ocultas, que cuando dejan de serlo ya suele ser demasiado tarde.

Me gusta descifrar misterios mucho antes de comprender por qué la gente se toma tantas molestias en ocultarlos. No sé si porque todo empezó siendo un juego para mí, por la necesidad de llamar la atención de mis padres o por la adrenalina que se liberaba en mi cuerpo cada vez que encontraba algo que se suponía que no debería estar en ese lugar. La información que acompañaba al descubrimiento casi siempre solía estallarme en las manos, pero una se hace más fuerte a base de heridas y explosiones inesperadas.

A lo largo de los años, encontré diarios llenos de intimidades, objetos perdidos y confesiones; tan solo abriendo rendijas, revolviendo papeles y levantando almohadas. Con el tiempo y tras varias meteduras de pata, fui perfeccionando la técnica para no ser descubierta y aprendí a fotografiar minuciosamente las escenas que iba a alborotar con el propósito de dejarlo todo después en el mismo lugar. Sin huellas ni descuidos que pudieran delatarme. Gané confianza y secretos que intercambiaba por confesiones tardías o por futuros favores.

Muchos pueden pensar que mi afición atenta contra la privacidad y la confianza hacia el otro, sobre todo si ese otro es tu pareja, así que supongo que es culpa mía que estemos hoy aquí.

Otros pueden pensar que es un don, a veces yo también lo creo, el saber quién oculta un secreto. En principio, somos todos, pero solo con la mirada reconozco a la persona que elige rincones de su casa con el fin de meter la porquería que no quiere que salga a la luz. Tan visionaria para el resto y tan ciega para mí, me diría mi abuela si quisiera reencarnarse en un fantasma de esos que hacen visitas a través de los sueños. Soy buena con los escenarios reales y los secretos que se susurran tras las puertas. Quizás hubiera sido una gran detective privada e incluso habrían escrito novelas sobre mis casos o hecho una serie en Netflix. Una pena que cuando las nuevas tecnologías llegaron a nuestras vidas, tuviera que empezar de cero para descifrar las otras verdades que se quedaban enmarañadas en una realidad virtual que estalla cuando se entremezcla con la de carne y hueso. Esta constante búsqueda mía de poder tiene la culpa.

O tal vez no sea eso. Quizás haya sido el haber sucumbido a la comodidad de la rutina, o el sentirme vieja antes de llegar a los cuarenta, o el olvidarme de ser mujer para volcarme en exclusiva al rol de madre o dejar que la negatividad inundara nuestros días, a base de mis quejas y mis acusaciones constantes. Existen demasiadas variables en este sentimiento de culpabilidad y ya solo siento cansancio en mis huesos y en el alma.

Me repito sin cesar que todo se hubiera precipitado si hubiera encontrado carmín en una camisa o un recibo injustificado dentro de uno de los bolsillos de sus horrorosas chaquetas, pero él siempre ha sido un maestro en esto de ocultar secretos. La objetividad pierde facultades cuando se trata de ver una realidad profundamente dolorosa. O quizás siempre lo supe y solo pospuse lo inevitable demasiados años usando a nuestros hijos como escudo y a mis miedos por bandera.

Las cinco en punto y suena el timbre. Todos mis músculos se tensan y mi atención se dirige a esa puerta que será abierta en cualquier momento. No, no fue mi culpa descifrar las contraseñas. No fue mi culpa cubrir con silencios los miedos ni fui yo quien buscó emociones nuevas fuera de casa. Debería recordarlo más a menudo.

Una chica joven sale de una habitación para abrir la puerta y él aparece con su sonrisa embaucadora y su cara de falsa inocencia. Los años lo han tratado bien y aunque la secretaria podría ser nuestra hija, se desprende química entre ellos. Es como un mago que va soltando hechizos de embaucamiento con su personalidad. Y al igual que toda la magia del universo, también existe su parte oscura, llena de sombras. Sé que preferiría irse detrás de la falda con piernas, pero ella le sugiere con amabilidad que se siente en la misma sala de espera donde me encuentro. Él obedece, la mujer desaparece y el silencio regresa a la habitación como si no estuviéramos allí; solo que esta vez, él se encuentra de pie dando vueltas a la jaula de cinco metros cuadrados, deseando sacar un cigarro de su pitillera de plata y sin apartar la vista de las baldosas de mármol. Que se jodan él y todas sus adicciones.

Estamos aquí por su culpa. Por sus malditos secretos, su cobardía y ese egoísmo que ha protagonizado cada segundo de nuestras vidas. Él decidió crear otras realidades con la confianza de que jamás sería descubierto tras domesticar cada parcela de mi ser. Él fue quien construyó un muro a base de golpes y gritos, yo solo empecé a esconder los moratones con maquillaje y excusas baratas. Ahora sería un buen momento de venganza y dejar de ser una cómplice de sus mentiras. Quizás ese ha sido mi papel durante todos estos años, el de víctima que se cree culpable de las acciones de otro. O el de cómplice de una vida que se nos fue de las manos. ¿Quién decide el rol que desempeñamos cada uno? ¿Y la verdad que merece la pena ser contada?

A veces lo observo sin querer. No aparta en ningún momento la vista del suelo, ni se dirige a mí, ni para un escueto buenas tardes que le diría hasta a un vagabundo de la calle. Me fijo en sus zapatos nuevos color chocolate y en sus manos metidas en los bolsillos de su pantalón vaquero. Hubiera seguido fijándome en otros detalles, como que ya no lleva la alianza o que ha explotado un botón de su camisa, pero la chica vuelve a aparecer y nos invita a seguir el sonido de esos tacones transparentes tan inapropiados para guiar a la gente al matadero. Él va detrás de ella con la cabeza bien alta y esa sonrisa estúpida pegada a los labios; yo solo deseo que este día termine cuanto antes.

Entramos en un despacho frío y sin personalidad, donde un hombre nos saluda desde un sillón ocre que me recuerda a un trono medieval. Ni siquiera hace amago de levantarse, supongo que también quiere irse pronto a casa, pero sus modales y la tacañería de no tener calefacción en pleno invierno me hace desconfiar y temblar (no sé si de miedo o de frío). De repente, me siento como si estuviera dentro de un congelador industrial rodeada de enemigos.

Nos sentamos enfrente de él, cada uno en unos butacones más bajos que el asiento presidencial y nos mantenemos callados con las piernas cruzadas y la mirada gacha, mientras la chica se va haciendo resonar sus tacones imposibles.

Los dos aceptamos estar hoy en este lugar para averiguar si es posible un arbitraje pacífico antes de que cada uno se busque a su propia fiera dispuesta a devorar al enemigo sin piedad. Creí que sería más fácil pasar por este trago amargo y que serviría para liberarme de la culpa, pero ahora mismo no me parece una de mis mejores ideas. En ocasiones queremos esquivar el dolor dando rodeos innecesarios, aunque sea con la más buena de las intenciones.

—Ustedes dirán. ¿Han tomado una decisión? —y una vez más me sorprende la falta de tacto de este desconocido que no recuerdo quién me recomendó.

—Todo depende de ella. Se trata de ser razonables. —Lo miro con incredulidad ¿En qué momento la pelota se quedó en mi tejado? Y sin pensarlo le suelto un inesperado —¿Te declaras culpable? —para acorralarle.

—Esto no es un juicio, Paz.

—¿Te declaras culpable?

—¿Lo ve? Es imposible mantener una conversación con ella —dice buscando a un aliado dentro de la habitación.

—¡Maldito cabrón! — y me levanto empujando la butaca con furia y con ganas de tirarle a la cabeza el marco de foto que hay encima del escritorio gigantesco e igual de desproporcionado que el aparador de la entrada— Siempre insinuando que la culpa es mía.

—Paz, serénese — interviene el hombre para justificar el dineral que nos va a cobrar por hacer de intermediario— Si no está dispuesta a llegar a un acuerdo, esta cita no tiene ningún sentido.

Y mientras me siento sin convencimiento vuelvo a admitir que una vez más este hijo de puta se sale otra vez con la suya. Si voy a ir a juicio, mejor será que aprenda a controlar esta rebelde ira, si pretendo ganar. Supongo que en este momento acabo de decidir que el arbitraje es una estupidez.

—Tiene razón, lo siento. Lamento haberle hecho perder el tiempo— y vuelvo a levantarme en esta ocasión sin ningún tipo de resorte y planchando con las manos mi falda naranja en un alarde de falsa tranquilidad.

—Paz, si sales por esa puerta serás la única culpable de que vayamos a juicio.

Así declara su sentencia y mi respuesta es un homicidio de primer grado a través de mi mirada. Me muerdo la lengua con fuerza, no me despido, ni doy el portazo que me hubiera encantado protagonizar, porque es mejor actuar con dignidad ante hipotéticos testigos.

Recorro el pasillo lleno de puertas cerradas maldiciéndole mentalmente por haberme escondido durante tanto tiempo el más doloroso de todos los secretos: que nunca me amó.

Y desaparezco de aquel infierno congelado admitiendo que en esto del desamor jamás existe un único culpable.

¿Qué te ha parecido este relato de desamor? Me encantará leerte en comentarios.

 

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