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Relato de Apericuentos 3: Old Fashion

Si eres de los indecisos que aún no sabe si leer o no mi nuevo libro, te dejo por aquí el primer relato de Apericuentos 3: Old Fashion, para que Reme termine de convencerte.

Relato de Apericuentos 3: Old Fashion

Es demasiado pronto para pedir un Old Fashion, al menos en España, pero al hombre que ha escogido la esquina más oculta de la barra pudiendo elegir cualquier rincón del Quitapenas, no le importa.

Lleva un traje impecable, de esos que destilan éxito profesional, pero todos saben en este pueblo que esa indumentaria suele ir acompañada de agujeros negros sentimentales.

No es hora tampoco para reuniones que cierran tratos a base de coñac y bromas que no deben decirse en voz alta y mucho menos, delante de una mujer. Desde que la empresa más poderosa del país decidió construir su sede central en un pueblo perdido del sur, el mundo tal y como lo conocían en ese lugar había cambiado por completo, ya nada se hacía a la antigua usanza.

—Aquí tiene, caballero. —Remedios le entrega su cóctel sintiendo un poco de lástima por el cliente, como si pudiera adivinar la sombra que lo atormenta a pesar de su juventud.

—Perdone, yo solo he pedido un Old Fashion —dice levantando por primera vez la mirada desde que se ha sentado.

Ese acento fuera de lugar y esos ojos color almendra disparan los recuerdos de Reme. Los mismos ojos que tenían todos los hombres de su familia: pequeños, con chispa y un toque de melancolía en la mirada.

Tampoco era común en otras partes del país que un cóctel viniera acompañado por una tapa de croquetas.

—Es que en esta casa, los cócteles nunca vienen solos —le explica como si no fuera la primera vez que un cliente le hace la misma afirmación.

—Como las desgracias —susurra el hombre que vuelve a bajar la mirada hacia su copa, mientras saca de su chaqueta una cartera que contiene, además de billetes y tarjetas, una única foto de hace años donde se le ve rodeado de una mujer y dos niños pequeños haciendo muecas divertidas a la cámara.

«Esos ojos hablan de una historia muy triste. Si no me tomara por loca, le cantaría una canción para animarlo», piensa Reme quedándose con las ganas.

El hombre le da un trago largo a su Old Fashion y recuerda las palabras del comisario que tiene taladradas en su cabeza: «Señor Pérez, me temo que son malas noticias. Hemos encontrado los cuerpos sin vida de los tres».

Apericuentos 3: cócteles literarios

El día que Juan de Dios y Carmen se conocieron, el padre de él había decidido que estaba ya harto de bregar con la esclavitud del día a día y se pegó un tiro. Así ocurren estas desgracias, sin avisar y sin justificaciones que alivien el corazón de los que se quedan.

Mientras en la casa de Juande todos se preparaban para recibir a los vecinos y familiares que irían a la casa a darles el pésame, él se escapó al único bar del pueblo a derramar su rabia en olas de alcohol.

Aún no le acompañaba la edad necesaria, pero allí todos se conocían y ¿quién era nadie para negarle alivio a un hijo que acababa de perder a su padre de esa forma? Tal y como llegó, buscó el rincón más apartado del bar con una mirada de cólera y pidió un vaso de ponche, para la sorpresa de todos. Era la bebida que siempre había en su casa, y siempre habría tiempo para pasarse al anís pasadas unas horas, como había hecho su padre cada día.

Mientras el descomunal dueño del bar limpiaba el vaso con el paño que le colgaba de la correa del cinturón, entró a la trastienda para pedirle a su única hija que atendiera la barra un rato.

—Aquí tienes, muchacho. —El mismo dueño fue a llevarle el ponche a Juande—. No tengas prisa, que la pena no va a desaparecer con tragos.

Juan de Dios asintió con la cabeza y Miguel le dio un golpe en la nuca como muestra de afecto, aunque la fuerza se le había escapado más de la cuenta y el resultado fue más una colleja que un gesto paternal.

El ponche atravesó su garganta con la misma furia que sentía en sus entrañas. Golpeó la mesa con su puño izquierdo y se bebió sin respirar todo el contenido del vaso. De nada servían los consejos ni las miradas de pena de los demás, él solo quería irse al monte a dejarse los nudillos ensangrentados contra los árboles.

Carmen se quedó observando los ataques de furia de Juande y pensó que no debería estar allí. Los bares nunca son buenos aliados en temas de amarguras, parecen bálsamos de consuelo, pero ella sabía muy bien que luego solo se convertían en un recuerdo de vergüenza y arrepentimiento junto a una resaca que se enganchaba demasiado a la cabeza y al corazón.

Carmen le dijo algo al oído a su padre y este asintió junto con un gesto de muñeca que movía su reloj y que indicaba que fuera lo que fuese lo que pretendía hacer iba acompañado de una cuenta atrás.

—Carmela, si sales del bar necesitas una carabina. Ya lo sabes.

—Padre, solo voy a llevarlo a su casa. Juande debería estar con su madre y no poniéndose ciego.

—Tienes razón. —Suspira dándose por vencido—. Pero derechita del bar a su casa y de vuelta aquí.

Ella se quitó el delantal y sonrió. Le dio un beso a su padre en la mejilla y salió del mostrador con una botella medio vacía de ponche.

Carmen se dirigió hacia Juande y dejó la botella encima de la mesa con un golpe seco. El brusco gesto hizo efecto en él, quien dejó de beber por un momento y se quedó mirando a la chica con unos ojos cada vez más vidriosos.

—No sabía que las camareras leían la mente. —Intentó coger la botella, pero los dedos se resbalaron y solo consiguió hacerla tambalear—. Esta botella es justo lo que necesito.

Carmen volvió a coger la botella y se la puso debajo del brazo como si fuera una barra de pan.

—Si la quieres, ven conmigo.

Carmen no le dio tiempo a que respondiera, se dio media vuelta y comenzó a andar hacia la puerta con cierto coqueteo en sus caderas.

A Juan de Dios le costaba reaccionar. Sus reflejos eran lentos y tampoco sabía si quería abandonar el bar que le estaba dando el alivio que en ese momento necesitaba. Pero esas caderas tomaron la decisión por él y se encaminó hacia la salida bajo la atenta mirada de Miguel.

Carmen estaba apoyada en la fachada del bar calentándose con los rayos de sol. En cuanto lo vio salir, comenzó a andar de nuevo, como si fuera el flautista de Hamelín.

—Espera, ¿a dónde vamos? —le preguntó mientras se paraba en seco esperando una respuesta que no le hiciera sentirse como si estuviera siguiendo los deseos de una loca.

—¿Quieres terminarte esta botella? —Él asintió con la cabeza—. Pues sígueme.

Caminaron durante un rato hasta llegar a una de las colinas de las afueras del pueblo. Todos estaban en el bar o en la casa de Juan de Dios velando a su padre, así que en ese momento eran dueños del silencio en medio del campo. Dueños de sus decisiones. Dueños de su futuro. O así lo sentía ella.

Ese día sentenció lo que sería su vida en común. Carmen tomando las riendas de la vida de ambos y convirtiéndose en el alivio y el consuelo que el muchacho creía que solo podría encontrar en la botella de ponche.

El dueño del bar no tenía hijos varones y acogió a Juande bajo su ala de protección. Le enseñó todo lo que sabía sobre el oficio y dejó que su hija fuera el bálsamo que curara las heridas que aquel suicidio había abierto en su alma. Nadie se extrañó cuando al morir Miguel, el bar pasó a manos de la pareja. Él quería seguir haciendo las cosas como Miguel le había enseñado, pero ella tenía otros planes. Muchos de ellos se quedaron en el baúl de las frustraciones, pero Carmen era una mujer que sabía navegar las aguas salvajes con paciencia y astucia. O como su suegra le decía:

«A la chita callando».

Ella quería dejar de ser el lugar para las almas perdidas y dibujar un poco de color en ese tugurio que seguía en pie, únicamente porque era el único que había en todo el pueblo. Anhelaba que el Quitapenas fuera la opción elegida por todos, y no la que se escoge porque no queda más remedio.

libro electrónico Apericuentos 3

—Otro Old Fashion, por favor.

—¿No prefiere algo más suave? —le pregunta Reme que estaba canturreando una de las rancheras que le cantaba su tío cuando era pequeña y que le había venido a la cabeza al adivinar el acento mexicano del cliente.

—No.

Emiliano no quería hablar con nadie y menos con aquella mujer desconocida que se limitó a dejarle un nuevo cóctel en la barra, esta vez sin tapa.

Aceptó aquel puesto en España porque necesitaba huir de una casa vacía y del dolor que le causaban las preguntas sin respuesta. Después del caos que se produjo durante la investigación, el caso se cerró con un claro final: suicidio. No había bálsamo para aquel desenlace y fue su madre quien le dio la idea.

—Mijo, ¿por qué no se va a España? Su jefe siempre le está presionando para que tome ese ascenso y ahora que ellos ya no están… ¿Qué se lo impide? —le sugirió su madre con la esperanza de que poniendo tierra de por medio podría calmar ese dolor tan desgarrador.

—¿Y dejarla aquí sola?

—No estoy sola, si ya casi vivo con tus tías. Aquí solo te esperan fantasmas y respuestas que nunca van a llegar.

—¿Por qué lo hizo, madre? —preguntó Emiliano explotando en un llanto gutural que procedía de sus entrañas. —Eso nunca lo sabremos, corazón.

Mientras Reme colocaba en orden las botellas de cava miraba de reojo a Emiliano. Quería entablar una conversación con él, pero el cliente no parecía estar dispuesto.

De toda la vida, el cava solo se descorchaba en ese bar en dos ocasiones: cuando nacía una nueva criatura o cuando alguien regresaba al pueblo después de un largo viaje. Aquel día, el corcho salió disparado por los aires cuando Manuel, el hijo de Carmen y Juande, volvió a casa después de cinco años en Cuba.

Manuel se hubiera quedado en la isla del malecón para siempre. Los sones y aquel ritmo pausado lo tenían embrujado, pero una muchacha loca por salir de la pobreza y la asfixia que le daba saber que estaba rodeada de mar por todas partes consiguió que regresara.

No fue fácil. Fue una conquista lenta a base de noches al piano y ron. Él tenía prisa por experimentar todo lo que aquel trozo de tierra tenía que ofrecerle y ella por vivir en un país que solo conocía a través de canciones. Y en medio de tantas ansias y deseos opuestos se fraguó un amor a fuego lento.

Hubo paseos por el malecón, bailes en el Floridita y promesas que cada uno cumplió a su manera. La de él, tardó cinco años en cumplirla.

—Mi negra, ¿ahora te va a entrar la pena con todo el runrún que me has dado para que te sacara de aquí? —Yaima lloraba en silencio mientras cerraba la maleta como si fuera de cristal.

—¡Ay, papi! No es eso. —Fue a darle un beso en la mejilla—. Solo me estoy despidiendo de mi tierra, ¿o ni eso puedo?

—Vosotras, las mujeres, tenéis el corazón muy blandito. A veces no sabéis ni lo que queréis. —La cogió de la cintura para sentarla encima de sus rodillas mientras se dejaba caer encima de la cama.

—¿Y tú? ¿Sabes lo que quieres? —le preguntó mientras se volvía y lo empujaba para que cayera sobre la cama.

—Yo te quiero a ti, mi negra.

Los dos se fundieron en un interminable beso y por unas horas se olvidaron de la maleta y del largo viaje que tenían que iniciar.

Juande, descorchó la botella de cava agradecido de que Manuel tomara las riendas del bar, es lo único que le importaba.

—Carmen, ¿no estás feliz de ver a tu hijo? —le dijo al verla en una esquina sin levantar la copa.

—Qué cosas dices, Juande. Si es lo que más quiero en este mundo.

—¿Entonces? —Juande odiaba tener que sonsacarle las cosas a su mujer.

—¿No hay muchachas bonitas en este pueblo? ¿La hija de la Federica, por ejemplo?

—Ven aquí, mujer y deja de refunfuñar que estamos de celebración. —Le dio un abrazo y le susurró al oído—. Estoy seguro de que le vas a enseñar todo lo que necesita aprender para adaptarse a un entorno como este.

Manuel no quería soltar a Yaima en ningún momento, pero cuando el bar comenzó a llenarse de vecinos que querían saludar al hijo pródigo, no le quedó más remedio que separarse de ella. Solo deseaba que terminara el día para instalarse con Yaima en la habitación que había adecentado su madre para ellos y descansar. Pero ella no estaba cansada. Yaima estaba embriagada con una excitación que no sabía explicar. Cuando terminaron las presentaciones, se escondió en la trastienda del bar y cerró los ojos. El olor a vino dulce la mareaba más que el barco que les había traído hasta allí. Ya no oía olas rompiendo, sino un lenguaje con expresiones tan diferentes que no parecía el mismo idioma. Unos sonidos que no sabían a caramelo, sino a algo agridulce. Acarició con su mano las barricas de madera que encontró al fondo y suspiró pensando que al fin y al cabo, aquellas personas que la acogían con los brazos abiertos no eran tan diferentes a las que había dejado en su isla.

Reme se da cuenta que mientras canturrea flojito más canciones que había aprendido de su tío, Emiliano ladea la cabeza intentando seguir el ritmo. Su cuerpo cada vez cede al efecto del alcohol en sus venas, pero Reme, como si estuviera meciéndolo, con una nana sigue cantando.

Los martes, jueves y sábados Yaima cantaba canciones de cantantes cubanos como Miguel Matamoros o Dámaso Pérez en el Quitapenas y los miércoles, viernes y domingos Manuel se soltaba por coplas de Juan Breva, hasta que muchos años más tarde llegó el tocadiscos a sus vidas. Era una mezcla exótica para la época, pero a ella le encantaba la fusión que se creaba dentro de aquellas cuatro paredes. Los mojitos se mezclaban con el vino dulce, y la tapa de ropa vieja se convirtió en una de las más famosas del pueblo. Volver a Cuba nunca fue una opción para Yaima, pero aquellos retales de sabores y notas musicales le valían para llenar un poco ese vacío.

Lanzamiento Apericuentos 3

Después llegaron los hijos y el tiempo voló entre pañales, fogones y copas servidas, hasta que uno de ellos, al igual que lo hizo su padre un día, decidió meter sus pertenecías en un petate y conocer mundo.

—Madre, deje de meterme longaniza en la maleta.

—¡Ay, hijo! —Yaima iba de un lado a otro de la casa llenando la mochila con comida y ropa interior—. Uno nunca sabe qué peligros va a encontrarse en el camino. ¿Y qué se te ha perdido a ti tan lejos?

—¿Otra vez? Y dale con la cantinela, madre.

Juan resoplaba impaciente. Quería salir de allí cuanto antes. El pueblo se le había quedado pequeño y no quería ser esclavo de un bar que solo descansaba los lunes. Él tenía otros planes en su cabeza y para eso necesitaba irse a la tierra de los mariachis. México lo tenía fascinado y aunque solo lo conocía de las historias que le contaba la abuela de su vecina Ramona, él había idealizado un mundo lleno de leyendas aztecas, colores vivos y rancheras. Su madre no lo entendía, pero al menos tenía en su padre un aliado que había tenido un espíritu igual de libre que él. Lo que nunca supo es por qué lo perdió y acabó volviendo a las cadenas de un bar que absorbía la vida como un vampiro.

Cuando Yaima terminó de meter las cosas en la bolsa, le echó los brazos a su hijo y lo atrapó en un abrazo tan intenso que Juan creía que iba a morir asfixiado. Contó hasta diez y luego le rogó.

—Madre, esta técnica de secuestro por abrazo no le va a funcionar, lo sabe, ¿verdad?

—¡Qué despegado eres! —le dijo mientras lo soltaba para retenerlo de nuevo cogiéndole de un brazo—. No sé a quién has salido, la verdad.

—No se enfade. Le escribiré todas las semanas. Una promesa es una promesa.

—Más te vale, o aquí se forma un tremendo belebele.

Madre e hijo salieron de la habitación con ánimos opuestos. Él, ansioso por empezar su viaje y ella, apenada por separarse de su hijo favorito.

El padre los estaba esperando en el bar para despedirse. Y como en todas las despedidas que se hacían en aquel bar no podían faltar la copita de vino en la mano y una nueva botella de cava esperando a ser abierta para cuando se produjera el regreso que tanto ansiaba su madre.

La primera vez que escuchó a unos mariachis en directo lloró de pura emoción. O de pura borrachera. Fue durante su segunda noche en Jalisco y aún se sentía desubicado por la diferencia horaria y de altura. La nostalgia que le entró de repente tampoco ayudaba y quiso ahogarla en ese líquido blanco que todos bebían como si fuera agua.

Su nueva vida no había empezado muy bien. Durante el viaje había perdido las señas que le había dado la vecina para encontrar a un primo lejano suyo por parte de madre. Él iba a ayudarle a encontrar un lugar donde vivir y una chamba para empezar, pero hasta que su madre recibiera la carta donde le contaba que le escribiera de nuevo la dirección de ese primo lejano, iban a pasar muchas semanas.

Encontró un hostal donde pasar las primeras noches. Estaba al lado de una cantina abarrotada de gente donde entraban los hombres encorvados y salían bailando Jarabe tapatío, el baile típico de la zona. Entró con la decisión tomada de mejorar su mala suerte esa misma noche y se encontró de bruces con su nuevo destino.

Buscó el lugar más solitario de la barra de entre los pocos asientos libres que quedaban. La gente prefería las mesas alrededor del escenario o quedarse atrás del todo como si fueran árboles que solo se balanceaban de cintura para arriba con el brazo que sostenía su vaso arriba mientras cantaban desgañitados canciones que él no se sabía.

Esperó pacientemente hasta que el mesero se dirigió a él con un simple gesto de cabeza.

—Tomaré lo mismo que él.

—Espero que los tenga bien puestos.

No entendió lo que quiso decir hasta que imitando al caballero de al lado se bebió su tequila de un solo trago. Después sintió el fuego en su garganta y unas ganas irrefrenables de toser, pero se contuvo. No quería ser el único hombre incapaz de beber aquella hoguera. Después del tercero, se acostumbró.

Justo a tiempo para escuchar a los hombres que salían al escenario después de su descanso. Empezaron los primeros acordes de la guitarra, el guitarrón, el violín y la trompeta, mientras él se quedaba hipnotizado con esos sombreros que tan bien le hubieran venido en el pueblo para hacerse sombra en las tardes de verano.

Sintió que aquella música tan diferente a la salsa de su madre y al flamenco de su padre era el motivo por el que había viajado tan lejos y lloró en silencio, porque ya se sabe que los hombres nunca lloran.

Veinte años pasaron sin volver al pueblo. Los corridos y el tequila lo embrujaron de tal manera, que solo una promesa en la distancia le obligó a volver. La última carta de su madre antes de que la muerte se la llevara.

«… ya no te pido que mis ojos puedan volver a verte antes de que se cierren, ni que llegues a tiempo a mi funeral. Júrame que volverás para no dejar solo a tu padre. Eres el único varón que tiene…».

Y él le juró a una carta, donde la tinta se corría al mezclarse con las lágrimas, vaciando su penúltima botella de tequila, que volvería al bar del que huyó hacía ya dos décadas.

El cava volvió a descorcharse el mismo día en que se celebró el funeral. Juan llegó antes que su carta, y para sorpresa de todos, su madre esperó paciente a morirse justo cuando vio a su hijo entrar a su habitación. No era momento para celebraciones, pero ella ya había dejado todo dispuesto para su marcha y, entre otras cosas, le había hecho prometer a su marido que abriría la botella que tenían guardada sea cuando fuera que llegara su hijo. Ella sabía que vendría, solo era cuestión de tiempo. De veinte años exactamente.

Juan recordaba ese día a trompicones. Fatigado por el cansancio, triste por la muerte de su madre y decepcionado por una vuelta que lo esclavizaba a una realidad que no era la suya. Su sobrina pequeña, Remedios, no lo dejó a solas ni un momento. Los mayores se ocuparon de todo y de acompañar a su padre, pero Remedios, solo tenía ojos para ese tío que no conocía y que había venido de tan lejos.

Cuando su padre descorchó a regañadientes la botella en el bar, Remedios le pidió a su tío mojarse los labios con esas burbujas que solo estaban permitidas a los mayores. Juan sonrió con timidez ante la ocurrencia de aquella pequeñaja, porque le recordó a la primera vez que probó el tequila y a aquella inocencia de las primeras veces. Pensó que lo prohibido siempre nos atraía, hasta que dejaba de serlo y descubríamos que tampoco era para tanto.

Subió, a la que se convertiría en su persona favorita, a sus rodillas y le dijo al oído:

—Será nuestro secreto. Solo un sorbito, ¿sí?

La pequeña asintió con la cabeza y le ofreció su dedo meñique curvado para que él lo entrelazara con el suyo y así sellar el pacto. Él la despeinó con cariño y le ofreció su copa a escondidas de la multitud. Ella cerró los ojos. Dio un sorbo más largo de lo permitido y sintió cómo las burbujas le hacían cosquillas. Ni cara de asco. Ni toses. Ni amagos de vomitar. Tras ese trago tuvo que admitir que su sobrina era mucho mejor que él con las bebidas fuertes.

—¿Tiene tequila? —le pregunta Emiliano a una Reme que no le quita el ojo de encima.

—Lo que tengo es una tortilla de patatas que está para chuparse los dedos. Déjeme que le ponga una tapa y ya luego vemos con qué bebida la acompañamos.

Emiliano va a protestar, pero sus tripas empiezan a rugir y tampoco tiene nada que hacer en ese pueblo al que se ha mudado solo tras haber perdido a su mujer y sus dos hijos.

El calendario se fue desnudando tan rápido que la transición fue más llevadera de lo que Juan esperaba. El carácter de su padre se había suavizado con los años y ese bar daba tanto trabajo que apenas había tiempo para dejarse llevar por la melancolía o los arrepentimientos. Sus hermanas estaban todas casadas y se encargaban de sus casas, así que toda la responsabilidad caía sobre los dos varones, ayudados por la pequeña Remedios.

Apericuentos 3: cócteles literarios

Reme, como la llamaban todos, aprendía rápido. Duró poco en la escuela, pero ella disfrutaba más en la cocina y mezclando brebajes como hacía su abuela. Las famosas Margaritas que su tío había traído de México, fueron todo un éxito en el pueblo, y eso que el bar ya era conocido por sus vinos dulces y su ron añejo casero.

Las Margaritas fueron la única concesión que permitió su padre, quien no quiso ni hablar de que Juan se convirtiera en mariachi por las noches y amenizara a los clientes del establecimiento.

—Esto no es una taberna de mala muerte —le dijo un día su padre mientras sacaban vino dulce de la barrica para embotellarlo.

Juan cada vez sacaba menos el tema de conversación, en realidad, cada vez hablaba menos y se ensombrecía más. Si no fuera por Reme, hacía tiempo que se hubiera ido de este mundo.

—Lo que no entiendo, padre, es por qué tenemos un tablao donde a veces vienen artistas a cantar y bailar y yo no puedo hacer lo mismo. Las rancheras también son música.

—Tú te tuviste que golpear muy fuerte en la cabeza cuando estuviste en México, ¿para eso te fuiste? ¿Para eso dejaste a tu madre tan triste?

—Me fui igual que tú te fuiste a Cuba.

—Mira, Juan, no me calientes. Yo me fui cinco años y volví con una mujer debajo del brazo y dispuesto a seguir con el negocio familiar y a crecer la familia. —En ningún momento le miró a la cara mientras le recriminaba sus acciones—. Tú te fuiste veinte, renegando de tu familia y con la loca idea de que eres un mariachichi de esos. ¡Bajo mi cadáver!

Juan no se molestó en decir más y siguió ayudando a su padre como si aquella conversación nunca hubiera existido, igual que todas las anteriores. El tiempo le había arrebatado parte de su coraje y su nervio y solo se permitía sonreír cuando estaba a solas con Remedios y esta le pedía que le cantara todas esas canciones que a ella le parecían tan exóticas.

La niña de sus ojos, que podría haber sido su hija, fue el dulce que caramelizaba aquella época llena de tristeza, amargura y rencores. Mientras que para él, aquel bar era una cárcel, para ella era su hogar, donde se sentía la dueña de una fortaleza que algún día sería suya. Solo era cuestión de esperar.

A veces a Remedios le entraban ganas de irse a vivir aventuras, pero aquel bar era demasiado importante para ella y no entendía cómo Juan no podía verlo. El Quitapenas, no solo olía a uva dulce y azúcar, también al jabón que usaba su abuela.

Más allá de los sones cubanos y flamencos que seguían mezclándose en el aire, este bar estaba lleno de historias habladas por aquellas personas que se sentaban en sus taburetes o en sus mesas de mimbre y se desahogaban un ratito. A veces para compartir buenas noticias, otras para llorar las penas, pero siempre acompañados de un vaso lleno de algún alcohol que les amansaba el alma.

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Las calles del pueblo se habían quedado vacías. Todo el mundo estaba en la iglesia. Nadie quería perderse a la pequeña Reme en el altar. Sonaban las campanas y solo se escuchaba el murmullo dentro de la iglesia de los impacientes. La única vez en su vida, en la que Reme llegaría tarde a alguna parte. Y solo porque así lo dictaba la tradición.

Cuando entró en la iglesia cogida del brazo de su abuelo se convirtió en el centro de todas las miradas. Él seguía susurrándole que ir descalza a su propia boda era una vergüenza, pero el hombre ya casi había tirado la toalla con ese torbellino que tanto le recordaba a su mujer y que había insistido en cambiar al coro de monaguillos por una banda de mariachis liderados por su querido tío. Iban a ser el corrillo del pueblo por una larga temporada, pero al menos a partir de ese día sería responsabilidad del único hombre que se había atrevido a lidiar con ella. El insensato de Pedro, que en ese momento esperaba con una sonrisa bobalicona a que Remedios terminara de hacer el recorrido.

Tampoco accedió a vestirse de blanco. Una noche cuando la costurera había terminado de arreglarle el traje de boda de su madre, se fue a casa de su amiga Rosario y entre las dos lo tiñeron de rojo. La Charo se lo mantuvo escondido hasta el día antes de la boda, pero cuando todos lo vieron ya era demasiado tarde para buscarle uno nuevo y arreglar esa locura que se le había ocurrido a la Reme.

Y allí estaban todos. Reme feliz con su vestido rojo, su abuelo aliviado por deshacerse de la responsabilidad de criar a una nieta tan rebelde. Pedro sudando a chorros por los nervios y el calor asfixiante que ahorcaba a los asistentes y el resto del pueblo, cuchicheando sobre cada detalle criticable que había en ese casamiento.

Cuando el cura apareció, todos se levantaron y tras la mirada de desaprobación del párroco comenzó la boda más comentada del siglo en Villagua.

—Queridos hermanos, estamos aquí reunidos…

—¿No tenías que encargarte de pedirle al padre, la versión corta? —le preguntó una Remedios autoritaria al novio entre susurros.

—Lo siento, Reme, se me olvidó.

—Era lo único que tenías que hacer, cariño.

La Reme resopló sobre el caracolillo que le tapaba un ojo y empezó a dar golpes con el pie como si estuviera en el tablao del Quitapenas. El mismo tic de su abuela Yaima.

Pedro posó su mano sobre la pierna bailarina de Remedios, y el cura se tomó el gesto como una urgencia de los deseos de los aún no casados. Volvió a desaprobar con su cabeza la actitud indecente de la pareja y pensó que aquella pareja iba a dar mucho de que hablar en el pueblo.

En cuanto comenzó a correr el vino todos se olvidaron del vestido rojo o de los pies descalzos de la Reme. El bar se llenó de tripas agradecidas y gargantas saciadas que se animaron a cantar en cuanto los platos estuvieron vacíos.

Fue un día feliz para Remedios, hasta que tras cortar la tarta se dio cuenta de que no veía a su tío entre el grupo de mariachis que seguían tocando sin descanso. Pensó que se había escabullido a darle al tequila a escondidas, pero lo único que encontró fue una carta de despedida donde se disculpaba por huir en ese día tan especial sin un último abrazo. Volvía a México, dejándola sola una vez más y con una última lección aprendida: lo dulce dura poco en el paladar.

Tras devorar casi toda la tortilla que le ha puesto Reme, Emiliano decide que es hora de salir de aquel bar, aunque lo que le espere es una casa vacía llena de silencios.

—La cuenta, por favor —dice guardando la foto de nuevo en la cartera. Ahora que ellos no están con él, solo piensa en ahogar en alcohol el abandono sin respuestas que lo persigue por todos lados.

Reme que intuye por dónde le viene la pena a ese hombre, se acuerda del vacío que le dejó su tío favorito el día de su boda y no puede más que decir.

—A veces las respuestas no mitigan el dolor. Invita la casa.

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