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Relato Conciencia robótica

El relato Conciencia robótica fue otro reto del club de escritura Cyrano. En esta ocasión a través de una especie de binomio fantástico, el azar decidía qué aparato tenía una función humana. A ver si después de leer este relato corto, adivináis el que me tocó a mí.

Relato Conciencia robótica

Llevo dos semanas sin dormir por culpa de mi alarma. Ya no sé si es ella o soy yo la que está loca, pero estoy empezando a cogerle cariño.

Todo empezó el domingo trece por la noche con una tormenta que dejó a todo el vecindario sin luz.

Suelo acostarme pronto los domingos porque me deprimen, por eso la tormenta me pilló en el quinto sueño y sin opción a preocuparme por los dispositivos que se habían quedado sin cargar.

A la mañana siguiente, la alarma no sonó. Todos mis aparatos electrónicos estaban sin batería o apagados y seguíamos sin luz. Sin alarma, mis ojos se abrieron dos horas más tarde de lo que debían para ser un lunes y eso me hizo salir de la cama con un cabreo inmenso. Ser tu propia jefa te salva de dar explicaciones a una oficina y la tormenta había sido tan tremenda que había afectado a parte de la ciudad, así que nadie se sorprendería si no sabían de mí hasta que volviera la luz a nuestras vidas.

Me di una ducha con agua fría para espabilarme y busqué la vieja cafetera italiana para prepararme un café a la antigua usanza con un hornillo de camping, mientras repasaba mentalmente todo lo que tenía que hacer esa semana.

relato conciencia robotica

Llevo tanto tiempo viviendo sola que ya no me doy cuenta cuando mis pensamientos pasan de mi cabeza a mi boca, y empiezo a hablar sobre lo mala que fue la película de anoche o lo estúpido que es el vecino del tercero. Así de sui generis es mi cabecita. Por eso cuando escuché una voz que decía “Es que el tío es gilipollas” creí que había sido yo misma la que lo había dicho y seguí hablando mientras me echaba el café en mi taza de la bruja Úrsula.

Así de sui generis es mi cabecita

Cuando fui a coger el bote de leche condensada, volví a escuchar la misma voz que me preguntaba si estaba segura de añadir más calorías a mi cuerpo y entonces me quedé de piedra, porque yo nunca me reprochaba mis vicios alimenticios hasta después de haberme comido lo que me daba la gana. Así que esa voz metálica no era yo, sino alguien más. ¿Pero quién? Mi madre imposible, vivía a mil kilómetros de distancia y tenía una voz que podía romperte los tímpanos. Juraría que estaba sola, así que ¿de dónde provenía esa voz?

Decidí tomarme el café solo y esperar a que se pronunciara de nuevo aquel sonido que se atrevía a recriminarme mis kilos de más. Mientras ojeaba una revista vieja, volvió la luz y ya no había excusa para no ponerse a trabajar, pero a mí me perseguía la pereza y ya casi había decidido que aquel lunes se convertiría en un domingo de 48 horas. Justo acababa de pensar esto, cuando la voz volvió a aparecer “¿Y cómo se van a pagar las facturas si no mueves tu culo y te pones a trabajar?” ¿Seguro que no era mi madre? A lo mejor era mi abuela materna que se aburría en el más allá y quería entretenerse recriminando a su nieta un rato. Soy atea y de letras, pero creo que las vidas se transforman en otras materias y viven en universos paralelos alternativos.

Y con esa frase tan chulesca se acabaron las preguntas.

Así de metafísica me estaba poniendo cuando empecé a dar vueltas por el apartamento como cuando estás buscando algo por todas partes, solo que esta vez lo que buscaba era un sonido y no creo que apareciera debajo del sofá o dentro de la nevera. Ya casi iba a rendirme cuando la voz apareció de nuevo: “Mira que eres torpe chiquilla, ¿Tú nunca encontrabas a nadie en el escondite, verdad?. Vete a tu cuarto” Y acojonada perdida me fui a mi habitación para descubrir que mi querida alarma del año de la polca se había transformado en una especie de radio, donde los números eran ahora ondas de voz. “Hola, Mari Pili. ¿Me ves ahora?” Tuve que pellizcarme varias veces para comprobar que no estaba en medio de un sueño. Cogí la alarma y la desconecté. “¡Ey! ¿A qué ha venido eso?” Y ahí ya casi me caigo de culo. ¿Desconectada y aún salía esa voz sin género, pero a la vez tan femenina? ¿Pero cómo? “Qué bruta eres. No me vas a hacer desaparecer así. Me iré cuando me de la gana, si me voy algún día” Y con esa frase tan chulesca se acabaron las preguntas.

relato conciencia robótica

Desde entonces, mi alarma ha dejado de sonar una vez al día para convertirse en una especie de Pepito Grillo sin modales. Y es un servicio 24/7, habla cuando quiere, normalmente para indicarme algo que según ella y sus reglas no está bien. Se mete hasta en mis sueños, como cuando estaba soñando que me zumbaba a Don Draper y me despertó la muy jodía porque con esas expectativas nunca iba a encontrar a un hombre que me satisficiera. Y así me quedé insomne e insatisfecha. Con esta tesitura llevo 14 días ya y en total habré dormido ni una hora cada día, en plan zombi estoy. Tampoco puedo recibir visitas porque no me fio de ella y se pone tan pesada cuando digo de salir que he acabado haciendo todas las compras online y trabajando desde casa (bueno, eso ya lo hacía antes.)

Soy atea y de letras, pero creo que las vidas se transforman en otras materias y viven en universos paralelos alternativos.

A veces cuando ve que está siendo muy dura me suelta un “Te lo digo por tu bien, a mí me duele más que a ti” y se queda tan ancha. Además de su función de madre superiora, a veces también se convierte en radio patio, y es capaz de captar lo que está pasando en la casa de mis vecinos, como si tuvieran instalados micrófonos por toda la casa. Así que como no puedo dormir, me entretengo como si fuera una novela radiofónica con las peleas de mis vecinos del sexto o con los gemidos de la pareja nueva que se acaba de mudar. También he descubierto que el vecino del tercero no es tan capullo, es que en su casa su mujer lo tiene tan asfixiado que ahora me da penilla.

Y así pasamos los días la voz y yo. Me he vuelto más organizada y productiva gracias a ella y he perdido un par de kilos desde que dejé la leche condensada y los dónuts de fresa. Dice que si sigo así, pronto podrá dejarme sola e irse a otro sitio donde la necesiten más. Yo creo que en otra vida fue misionera. Y cuando pienso en el día en que se vaya, me pongo triste. Creo que estoy sufriendo en síndrome de Estocolmo.

¿Qué te ha parecido el relato corto Conciencia robótica? ¿Cómo reaccionarías si te pasara algo como le ocurre a la protagonista del relato Conciencia robótica?

6 comentarios

  1. Excelente relato. Muy divertido, contado así en primera persona y con la brevedad justa. Te felicito. Y espero nuevas historias, vale?

    • Alba Alba

      Gracias, Omar. Cada mes tendrás un nuevo relato en el blog. 🙂

  2. jajajajaja me ha encantado. Al final la tenía más recta que en la mili y lo peor de todo es el síndrome de Estocolmo. Te has superado esta semana!!

    • Alba Alba

      Gracias guapa 🙂 Pobrecita, secuestrada por su propia alarma.

  3. Maria Carmen Jiménez Maria Carmen Jiménez

    Ay, la soledad que mala es.

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