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Categoría: Relatos cortos

En esta sección podrás leer cada mes uno de mis relatos cortos o cuentos (según como te guste llamarlos)

Sí en otras secciones podrás aprender todo sobre el mundo que envuelve a la narrativa breve, en esta se trata solo de leer y disfrutar.

Habrá relatos de todo tipo, aunque el estilo que más predominará es el humorístico o irónico.

Algunos provienen de retos literarios o de concursos que una vez han pasado, me decido a publicarlos en el blog para que vean la luz y no queden perdidos en un cajón.

Los microcuentos o microrrelatos los publico en mi perfil de Instagram cada semana, así que te animo a que también te pases por allí para leer más historias cortitas.

A estas alturas ya te habrás dado cuenta que lo que me gusta es escribir cortito, un arte que requiere mucha capacidad de eliminar todo lo que sobra hasta que como decía Hemingway, ya no quede nada por quitar.

Relato para reír: Una vecina muy flamenca

Este mes te traigo un relato para reír, que para malos días ya tenemos bastantes, ¿verdad?

En esta historia tenemos una protagonista que nos cuenta lo que le pasa a su vecina. ¿Por qué han tenido que llamar a los bomberos?

Descúbrelo en este relato para reír, que podrás encontrar en Apericuentos 2.

Una vecina muy flamenca

Esto es una tragedia, pero no puedo dejar de fijarme en los bomberos que entran y salen del edificio. Están tan guapos con sus caritas negras, envueltas en sudor y con sus cuerpos de infarto, que casi se me olvida que estoy tiritando de frío en el barrio de Santa Cruz envuelta con una manta. Es lo que tienen los incendios en pleno diciembre.

Yo lo veía venir, pero a una siempre le dicen que es una metomentodo y en este confinamiento estaba tratando de reformarme. Por eso no le dije nada a mi vecina cuando vi los primeros indicios. Ya no me metía en los asuntos ajenos, aunque eso hubiera supuesto salvar al vecindario de este incendio.

Supongo que todo empezó durante el confinamiento. Mi vecina de rellano, pasó de estar el día fuera de casa a no salir de ella y claro, eso trastorna a cualquiera. Es camionera, soltera y con poca vida social debido a los largos viajes que tiene que hacer con el camión. Pero ahora de repente, se veía con mucho tiempo libre hasta que levantaran el pie con el confinamiento y a ella le dio por ser una mujer de su casa. Los primeros días limpió hasta las esquinas que todo el mundo olvida cuando tiene prisa. Lo sé porque me pidió prestada la aspiradora y unos cuantos productos de limpieza, además el ruido que hacía no era normal, parecía que llevara tacones puestos mientras sacaba brillo a su diminuto apartamento de una habitación.

En esos días, rompió dos lámparas y lo que parecía sonar a madera partida por la mitad. Luego me enteré de que al subirse a una silla para cambiar una bombilla, se vinieron abajo las tres: la lámpara, la silla y ella.

En esos primeros días veía mucho la televisión por las noches, parece que tenía problemas para dormir y siempre había querido ver todas las películas antiguas que veía con su abuela de pequeña, así que según ella era una buena oportunidad para ponerse al día.

Los días de limpieza extrema acabaron con muchas piezas rotas y ahí adiviné que mi quería vecina no era muy ágil, más bien bastante torpona, pero qué culpa tiene ella si nunca pasaba más de dos días seguidos en su casa.

Después vinieron los intentos culinarios y ahí la culpa la tiene ese programa de cocina que se ha puesto tan de moda y que te hace pensar que cualquiera puede cocinar. Perdona, cualquiera no. Cocinar es un arte y una ciencia, y aunque se puede aprender, se necesita ser aprendiz muchos años para llegar a ser una buena cocinera. Te lo digo yo que cocino como los ángeles y soy una experta en huevos a la flamenca, por eso solo me zampo los míos y los que sirven en el bar La Sacristía.

Mi vecina ponía la tele tan alta que podía enterarme de qué estaba viendo en cada momento. Y aquí sí que empecé a preocuparme.

Ella ya me había confesado que no sabía freír ni un huevo frito cada vez que venía a pedirme ingredientes varios: que si una mijita de sal, que si perejil, que si naranjas… me estaba costando un ojo esto de ser amable con mi vecina y su nueva inmersión en el mundo culinario, pero a ella le estaba costando la piel. No sé cuantas quemaduras se hizo la pobre a causa de las frituras y el aceite caliente y las veces que olíamos a quemado en el edificio. Pero la chiquilla era testaruda y por más comida carbonizada que iba de la sartén a la basura, ella no se daba por vencida.

A las pocas semanas me di cuenta de que ya no se oía la tele sino un leve sonido, como pequeños martillos acompasados que iban a una velocidad uniforme. Yo le hubiera preguntado sutilmente, cuando me la encontraba por las escaleras, por ese cambio de sonidos en su casa, pero como tengo un oído más fino que los músicos de las sinfónicas, adiviné que se trataba de teclas de ordenador que siempre empezaban a funcionar por la noche. Por la información que yo tenía, la vecina no necesitaba el portátil para trabajar, así que pensé que poseía una faceta oculta como escritora y que había decidido dejar la cocina por el arte de las letras. Nada más lejos de la realidad.

Un día, fui a su casa para pedirle que me devolviera el molde de magdalenas que le había prestado hacía dos semanas. Me invitó a entrar y me dijo que me sentara mientras iba a buscarlo. Pasé al salón comedor y vi el ordenador abierto. Dios sabe que no lo pude evitar, y tuve que fijarme en la pantalla. Mi vecina no estaba escribiendo para ser escritora, estaba metida en sitios de esos raros con el objetivo de conocer el amor. Ahí tenía abierta varias conversaciones con hombres y una de ellas parecía que la cosa iba bien, porque estaban tramando verse a pesar de las normas del confinamiento. ¡Qué barbaridad!

Justo salió mi vecina con el molde, un poco incómoda cuando me vio de pie cerca del ordenador, que con el susto del timbre seguramente se le habría olvidado cerrar. Así que para que la pobre no se sintiera más violenta me inventé una excusa y salí por patas.

¿Y ahora que debería hacer yo? ¿Denunciarla? ¿Hablar con ella sobre los peligros de conocer a hombres de esta forma? Sabía varias historias que había visto en la tele y ninguna había terminado bien.

Con el ajetreo de la casa me olvidé del asunto y ella siguió chamuscando cosas en la cocina, aunque todo hay que decirlo, cada vez olía menos a quemado y un día hasta salía de su casa un olor que abría el apetito.

Los días siguieron pasando, hasta que las normas del confinamiento se suavizaron y ya se podía salir y respirar un poco. Mi vecina volvería a trabajar en breve, así que allí seguía aprovechando el tiempo que le quedaba para aprender a cocinar y encontrar el amor. Yo nunca le dije nada de su poco arte y de los peligros amatorios, porque me estaba convirtiendo en una vecina ejemplar, pero ahora que lo pienso me arrepiento.

Tengo la manía de acercarme a la mirilla cada vez que oigo pasos en el rellano. No es por cotilleo, es por seguridad, una nunca sabe quién puede estar detrás de la puerta. El caso es que me estaba quitando de esta manía, pero cuando escuché unos pasos sospechosos tuve que mirar. Era un hombre alto, bien vestido, pero que solo pude ver de espaldas porque se dirigió a la puerta de mi vecina, el tercero D. Ya estaban permitidas las visitas y ella se había dado prisa por tener su primer encuentro amoroso con uno de esos hombres con los que hablaba en horas intempestivas.

Me asomé a la ventana del patinillo interior y pude ver parte del salón. Había velas encendidas y olía a lasaña, al final comprendió que era mejor apostar por un plato sencillo.

Desde la ventana podía ver la escena que había montado mi vecina para la cena, luz de velas, música de jazz, cubiertos nuevos… todo parecía idílico. Se quitaron los zapatos, se echaron unas copas de vino y en cuestión de segundos pasó todo. Empezó a oler a quemado en la cocina y ella fue corriendo a ver qué pasaba. Se había chamuscado un poco la cena, pero nada grave. Mientras mi vecina retiraba la lasaña del horno, su acompañante derramó su copa de vino y al agacharse para recoger el destrozo y limpiar la alfombra, su peluquín se acercó demasiado a las velas y salió ardiendo. Del susto, el susodicho dio un salto y se cayó de culo donde estaban las cortinas, las cuales empezaron también a quemarse por culpa del peluquín. Cuando mi vecina salió de la cocina no daba crédito a la escena. ¿Cómo el fuego podía propagarse tan rápido?

Así es. Ni cena, ni folleteo y tantos días limpiando la casa para que venga un cualquiera y te la queme en cuestión de minutos.

Y ahora me toca ir a declarar por ser testigo de este fiasco de cena romántica. Con lo fácil que hubiera sido ofrecerme para prepararle unos huevos a la flamenca.

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Relato El padre

El relato El padre fue otro de los retos mensuales de El Club Cyrano. En esta ocasión el azar se convirtió de nuevo en protagonista al tener que elegir con unos dados qué personajes protagonizarían una persecución. ¿Adivinas cuáles me tocó a mí?

Relato El padre

Es imposible correr por este pueblo sin que te pare alguien cada dos minutos ¡Ni que fuera una estrella de rock! Solo soy el cura de la parroquia y, si salgo vivo de esta, creo que voy a pensar seriamente en jubilarme. Mi corazón ya no sirve para estos sustos.

¡Dios bendito! Ni con las limitaciones físicas que el Señor le ha dado a esta mujer con el tiempo abandona su empeño. ¿Dónde me meto? Si continuo por la calle principal no voy a tener escapatoria, con tantos feligreses saludándome. Voy a girar por la paralela y seguir corriendo hacia el barrio de los Santos, a ver si ellos me protegen.

¡La Virgen María! ¡Uno ya no está hecho un chaval!, aunque ella no quiera ver las arrugas que me han salido con los años y la barriga cada vez más abultada. ¡Si ya tomo más pastillas que alimentos!

Giro la cabeza de vez en cuando a ver si consigo despistarla. El bastón que lleva debería ser una ventaja para mí, pero hoy parece que la artrosis de sus caderas ha desaparecido. ¿Se habrá obrado otro milagro en esta aldea perdida? Solo el Todopoderoso lo sabrá.

Me empieza a faltar el aire y las piernas me van a fallar de un momento a otro. Tengo que parar y dejar de jadear si no quiero que me dé un infarto aquí mismo. Con las prisas se me ha olvidado quitarme la sotana ¡Qué despiste el mío! Sin ella podré pasar más desapercibido en este barrio de pecadores. ¿Pero tanto he corrido? Si he llegado al campamento de chabolas. Seguro que ella no se atreve a venir hasta aquí. Aire, aire. ¿Dónde podría conseguir un poco de agua?

—¡Padre, Padre! Parece que haya caído del cielo. Necesito que venga conmigo, un momento

—¿Qué ocurre, hija mía? ¿Qué necesita? — le digo con mi voz entrecortada a la mujer que acaba de aparecer de la nada. Normalmente intentaría evitar estas situaciones inesperadas, pero con tal de tener testigos por si la Rogelia aparece, lo que sea.

—Venga, venga usted conmigo. Yo le cuento por el camino.

Y la Huesos, que así se presenta la chica, me dice, mientras me lleva casi a empujones por el campamento, que su nana Remedios se está muriendo, y que ella quiere que un cura le dé el permiso para irse a los cielos como hacen en las telenovelas turcas que ve por las noches.

De nada sirve que le intente explicar a la señora moribunda que si no es creyente eso no funciona. Y cualquiera insiste teniendo a toda la familia presente alrededor de su cama.

Los caminos del Señor son inescrutables, así que me siento en la silla de mimbre llena de cojines de raso, al lado de la casi difunta.

—Ave María Purísima…

—¿Y qué tengo que decir yo, Padre?

—Sin Pecado Concebido, hija mía. ¿No se lo sabe de las novelas?

—Sí, curita, pero desde que me estoy muriendo la memoria no es la misma. ¿No hay una versión donde yo no tenga que hablar?

—¿No hay ningún pecado que quieras confesar?

—Yo he sido una santa toda mi vida. Y si hay algún pecadillo por ahí suelto, el Señor ya lo sabe, que para eso todo lo ve, ¿no?

—Claro que sí, hija mía.

La señora al parecer es de la rama protestante, así que empiezo a orar para que ella puede descansar en paz cuando decida abandonarnos. De repente suena el Angelus y me llevo un susto de muerte. No, si al final el que se va a morir soy yo.

Es mi móvil, que empieza a sonar cada vez más fuerte. Me disculpo delante de toda la familia y lo silencio para poder terminar mis oraciones. Justo cuando voy a introducirlo de nuevo en mi bolsillo, llega un mensaje de texto de un número desconocido.

Sal de ese campamento ahora mismo, o me meto a buscarte chabola por chabola hasta que te encuentre. De esta no te escapas, Carmelo.

¡Dios nos coja confesados! ¿Pero cómo me ha encontrado? Mi corazón palpita con tanta fuerza que ya no sé si se morirá primero la señora o yo. Intento concentrarme en las plegarias y le doy la extremaunción. Nadie de los presentes sabe lo que estoy haciendo, pero si con esto la mujer se queda contenta, todos en paz.

Uno de los hijos de la señora se ofrece a llevarme en su coche hasta la parroquia y por un segundo dudo. Solo un segundo, porque a lo lejos veo a la Rogelia andando con su bastón derechita hasta mí hecha un basilisco. Le acepto el ofrecimiento al hombre y nos vamos en busca del vehículo.

—Vaya, el coche no está aquí. Será que lo aparqué en otro sitio.

—¿Qué no se acuerda dónde lo ha dejado? ¿Cómo es posible?

—Padre, demasiado vino. Pero no se preocupe, que lo encontramos en un momento.

Y el momento cada vez son más minutos, y la Rogelia cada vez está más cerca. No dice nada, pero solo su mirada me da escalofríos. En ese momento, lo sé. No tengo escapatoria. Me echo de rodillas al suelo y empiezo a rezar pidiendo un milagro. Tantos años de servicio deberían servir de algo.

A lo lejos, el hombre sigue buscando el coche y Rogelia se encuentra a veinticinco metros de distancia, a punto de lanzarme el bastón a la cabeza. Justo cuando va a soltarlo como si fuera una jabalina, el corazón de ella se detiene y cae en redondo junto con su objeto de apoyo. Asustado, me levanto dudando si salir corriendo de nuevo o ir a socorrerla. El deber al final gana el dilema y me acerco despacio hasta su cuerpo sin vida.

Creo que al de allí arriba se le ha ido un poco la mano. Yo pedía una ayuda para librarme de Rogelia y de su loca amenaza de contarle a todo el pueblo que el hijo que espera es mío, no que se la llevara al otro mundo. Ser padres a nuestra edad, hubiera sido todo un escándalo y un milagro inexplicable, por eso salí corriendo como alma que lleva el diablo.

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