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Las letras de Alba Entradas

Relato El padre

El relato El padre fue otro de los retos mensuales de El Club Cyrano. En esta ocasión el azar se convirtió de nuevo en protagonista al tener que elegir con unos dados qué personajes protagonizarían una persecución. ¿Adivinas cuáles me tocó a mí?

Relato El padre

Es imposible correr por este pueblo sin que te pare alguien cada dos minutos ¡Ni que fuera una estrella de rock! Solo soy el cura de la parroquia y, si salgo vivo de esta, creo que voy a pensar seriamente en jubilarme. Mi corazón ya no sirve para estos sustos.

¡Dios bendito! Ni con las limitaciones físicas que el Señor le ha dado a esta mujer con el tiempo abandona su empeño. ¿Dónde me meto? Si continuo por la calle principal no voy a tener escapatoria, con tantos feligreses saludándome. Voy a girar por la paralela y seguir corriendo hacia el barrio de los Santos, a ver si ellos me protegen.

¡La Virgen María! ¡Uno ya no está hecho un chaval!, aunque ella no quiera ver las arrugas que me han salido con los años y la barriga cada vez más abultada. ¡Si ya tomo más pastillas que alimentos!

Giro la cabeza de vez en cuando a ver si consigo despistarla. El bastón que lleva debería ser una ventaja para mí, pero hoy parece que la artrosis de sus caderas ha desaparecido. ¿Se habrá obrado otro milagro en esta aldea perdida? Solo el Todopoderoso lo sabrá.

Me empieza a faltar el aire y las piernas me van a fallar de un momento a otro. Tengo que parar y dejar de jadear si no quiero que me dé un infarto aquí mismo. Con las prisas se me ha olvidado quitarme la sotana ¡Qué despiste el mío! Sin ella podré pasar más desapercibido en este barrio de pecadores. ¿Pero tanto he corrido? Si he llegado al campamento de chabolas. Seguro que ella no se atreve a venir hasta aquí. Aire, aire. ¿Dónde podría conseguir un poco de agua?

—¡Padre, Padre! Parece que haya caído del cielo. Necesito que venga conmigo, un momento

—¿Qué ocurre, hija mía? ¿Qué necesita? — le digo con mi voz entrecortada a la mujer que acaba de aparecer de la nada. Normalmente intentaría evitar estas situaciones inesperadas, pero con tal de tener testigos por si la Rogelia aparece, lo que sea.

—Venga, venga usted conmigo. Yo le cuento por el camino.

Y la Huesos, que así se presenta la chica, me dice, mientras me lleva casi a empujones por el campamento, que su nana Remedios se está muriendo, y que ella quiere que un cura le dé el permiso para irse a los cielos como hacen en las telenovelas turcas que ve por las noches.

De nada sirve que le intente explicar a la señora moribunda que si no es creyente eso no funciona. Y cualquiera insiste teniendo a toda la familia presente alrededor de su cama.

Los caminos del Señor son inescrutables, así que me siento en la silla de mimbre llena de cojines de raso, al lado de la casi difunta.

—Ave María Purísima…

—¿Y qué tengo que decir yo, Padre?

—Sin Pecado Concebido, hija mía. ¿No se lo sabe de las novelas?

—Sí, curita, pero desde que me estoy muriendo la memoria no es la misma. ¿No hay una versión donde yo no tenga que hablar?

—¿No hay ningún pecado que quieras confesar?

—Yo he sido una santa toda mi vida. Y si hay algún pecadillo por ahí suelto, el Señor ya lo sabe, que para eso todo lo ve, ¿no?

—Claro que sí, hija mía.

La señora al parecer es de la rama protestante, así que empiezo a orar para que ella puede descansar en paz cuando decida abandonarnos. De repente suena el Angelus y me llevo un susto de muerte. No, si al final el que se va a morir soy yo.

Es mi móvil, que empieza a sonar cada vez más fuerte. Me disculpo delante de toda la familia y lo silencio para poder terminar mis oraciones. Justo cuando voy a introducirlo de nuevo en mi bolsillo, llega un mensaje de texto de un número desconocido.

Sal de ese campamento ahora mismo, o me meto a buscarte chabola por chabola hasta que te encuentre. De esta no te escapas, Carmelo.

¡Dios nos coja confesados! ¿Pero cómo me ha encontrado? Mi corazón palpita con tanta fuerza que ya no sé si se morirá primero la señora o yo. Intento concentrarme en las plegarias y le doy la extremaunción. Nadie de los presentes sabe lo que estoy haciendo, pero si con esto la mujer se queda contenta, todos en paz.

Uno de los hijos de la señora se ofrece a llevarme en su coche hasta la parroquia y por un segundo dudo. Solo un segundo, porque a lo lejos veo a la Rogelia andando con su bastón derechita hasta mí hecha un basilisco. Le acepto el ofrecimiento al hombre y nos vamos en busca del vehículo.

—Vaya, el coche no está aquí. Será que lo aparqué en otro sitio.

—¿Qué no se acuerda dónde lo ha dejado? ¿Cómo es posible?

—Padre, demasiado vino. Pero no se preocupe, que lo encontramos en un momento.

Y el momento cada vez son más minutos, y la Rogelia cada vez está más cerca. No dice nada, pero solo su mirada me da escalofríos. En ese momento, lo sé. No tengo escapatoria. Me echo de rodillas al suelo y empiezo a rezar pidiendo un milagro. Tantos años de servicio deberían servir de algo.

A lo lejos, el hombre sigue buscando el coche y Rogelia se encuentra a veinticinco metros de distancia, a punto de lanzarme el bastón a la cabeza. Justo cuando va a soltarlo como si fuera una jabalina, el corazón de ella se detiene y cae en redondo junto con su objeto de apoyo. Asustado, me levanto dudando si salir corriendo de nuevo o ir a socorrerla. El deber al final gana el dilema y me acerco despacio hasta su cuerpo sin vida.

Creo que al de allí arriba se le ha ido un poco la mano. Yo pedía una ayuda para librarme de Rogelia y de su loca amenaza de contarle a todo el pueblo que el hijo que espera es mío, no que se la llevara al otro mundo. Ser padres a nuestra edad, hubiera sido todo un escándalo y un milagro inexplicable, por eso salí corriendo como alma que lleva el diablo.

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Relato Obsesiones de espalda

El relato Obsesiones de espalda es uno de los relatos que forman parte de la antología de relatos cortos que Legends Founders creó este verano.

La historia del relato Obsesiones de espalda trata sobre cómo a veces nos obcecamos con situaciones que para los demás no tienen la mayor importancia.

Relato Obsesiones de espalda

Al final he decidido venir a su consulta porque me he dado cuenta de que me persiguen los tíos raros obsesionados con mi espalda y eso me está quitando la vida.

Mi amiga Mónica: pelirroja, metro ochenta, modelo curvy, muy tímida… ¿Sabe quién le digo? Sí, Mónica Palacios. Ella dice que usted es un terapeuta emocional especializado en obsesiones y desde que empezó a venir sigue con el corazón roto, pero le duele menos la cabeza. Con esa lógica tan suya pues me ha convencido para que venga, aunque yo no me fío mucho de los gurús de las emociones y el corazón, parecen más brujos que médicos, pero no se vaya a ofender que yo le doy oportunidades a todo el mundo, otra cosa es que después tenga que darme de nuevo la razón a mí misma.

Si no le importa, le agradecería una tila porque ya llevo tres cafés en el cuerpo y no sé si estoy más nerviosa por culpa de la cafeína o por venir a contarle mi drama a un desconocido que vete a saber que va a pensar de mí después de decirle lo que me pasa. Sí, ya sé que ustedes no juzgan, que se limitan a escuchar y a plantear soluciones para poder vivir de la mejor manera posible arrastrando las cruces de cada uno. Pero seamos sinceros, son humanos y como tales llevan un alma de vecina de patio, que según sus vivencias existenciales puede escandalizarse antes o después. O sentir la necesidad imperiosa de desahogarse con alguien cuando terminemos la consulta. Que yo he visto Los Sopranos y a mí nadie me engaña.

Le resumo mi caso antes de que me vaya por las ramas como me sucede siempre. Supe que algo raro pasaba después de ver ese documental de Netflix sobre la vida de un multimillonario que se acostaba con menores y que se acabó suicidando. No me acuerdo del nombre del tipo, pero tampoco es que eso importe demasiado. No es que me vea reflejada en esa historia ni mucho menos, pero cuando vi su obsesión por los masajes tuve una revelación inesperada: todos mis ex se morían de amor literalmente por los huesos de mi espalda. Me quedé toda la noche sin pegar ojo dándole vueltas al tema y estuve casi un día sin poder hablar. La gente se estaba asustando y todo porque yo solo me quedo en silencio cuando veo Anatomía Grey para poder llorar a gusto, si no, no me callo ni debajo de agua. Palabrita.

Hasta entonces no había reparado en esta situación tan rara ni le había dado mayor importancia, pero ahora atando cabos creo que me he convertido en una viuda negra de esas sin saberlo desde que supe lo que era besar con lengua.

Le pongo algunos ejemplos. Uno de mis primeros amores fue Toni. A él le encantaba jugar con hielos en mi espalda, pero como fue una locura de verano, me pareció una idea de lo más refrescante. El pobre se murió ahogado con uno de esos hielos mientras bebía tinto de verano en un chiringuito de una playa de Matalascañas. Luis estudiaba para ser fisioterapeuta, así que fui su conejillo de indias durante tres años hasta que el mismo día de la graduación tuvo un accidente de coche que le partió la columna en dos. Muy traumático todo, una vida tan corta y la de dolores de espalda que iba a padecer yo desde entonces con tantas prácticas que hizo conmigo. Luego tuve una etapa rebelde y de experimentación y fue cuando conocí a Pedro, quien solo era capaz de correrse si me lamía la espalda desde el cuello hasta el coxis. Y aunque me dejaba llena de babas como si fuera un caracolillo, no me importaba porque yo siempre he sido muy generosa en esto del amor y poco escrupulosa, la verdad. Más tarde supe que el marido de la mujer con la que me ponía los cuernos los pilló un día en la cama y los mató a los dos. Pura tragedia griega o telenovela venezolana, pero un poquito buscada, no vamos a engañarnos. Ya después abandoné los excesos y apareció Roberto en mi vida. Era un florista que siempre me regalaba flores preciosas de color naranja para decorar mi espalda desnuda y hacerle fotos; era todo un artista, muy sensible, tanto, que cuando lo dejé dicen que se murió de la pena. Siempre me sentí un poquito culpable de no haber sido tan romántica y sensible como él. Incluso con Kenzo, no me pareció extraño cuando me propuso comer sushi directamente en mi espalda porque creía que era algo típico de su país. Yo estaba viajando por Asia y aún no sabía mucho sobre ellos. También murió, pero por anisakis y resulta que tampoco era una costumbre tan extendida como yo pensaba lo de engullir directamente del cuerpo de una mujer desnuda.

Estos son solo algunos casos. Sí no son suficientes, dígamelo que le cuento más, pero yo creo que con Toni, Luis, Pedro, Roberto y Kenzo ya puede hacerse una idea ¿Cómo no pude haberme dado cuenta antes? ¿Cómo he podido vivir tan ciega? El problema aquí, como ya se habrá imaginado, es que todos se enamoraron de mi espalda y esto me está matando la autoestima. Cada vez me queda menos y a este paso ¿quién va a quererme si no me quiero ni yo? Esto es muy grave ¿Por qué no se fijaron en mis ojos o en mis tetas? ¡Qué para eso me costaron un pastón y aún las estoy pagando a plazos! Lo llego a saber y me quedo planita como estaba pero sin agujeros en mi cuenta corriente. Total, si solo me quieren por mi espalda, esa la tengo perfecta para cargar sacos, como decía mi abuela. Sí, que todos murieran también es algo curioso, pero primero curemos mis obsesiones que para eso soy yo la que le paga y ha encontrado un hueco en la agenda para venir y ya si sobra tiempo hablamos de las de ellos. ¿Le parece?

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