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Mes: marzo 2022

Relato para reír: Una vecina muy flamenca

Este mes te traigo un relato para reír, que para malos días ya tenemos bastantes, ¿verdad?

En esta historia tenemos una protagonista que nos cuenta lo que le pasa a su vecina. ¿Por qué han tenido que llamar a los bomberos?

Descúbrelo en este relato para reír, que podrás encontrar en Apericuentos 2.

Una vecina muy flamenca

Esto es una tragedia, pero no puedo dejar de fijarme en los bomberos que entran y salen del edificio. Están tan guapos con sus caritas negras, envueltas en sudor y con sus cuerpos de infarto, que casi se me olvida que estoy tiritando de frío en el barrio de Santa Cruz envuelta con una manta. Es lo que tienen los incendios en pleno diciembre.

Yo lo veía venir, pero a una siempre le dicen que es una metomentodo y en este confinamiento estaba tratando de reformarme. Por eso no le dije nada a mi vecina cuando vi los primeros indicios. Ya no me metía en los asuntos ajenos, aunque eso hubiera supuesto salvar al vecindario de este incendio.

Supongo que todo empezó durante el confinamiento. Mi vecina de rellano, pasó de estar el día fuera de casa a no salir de ella y claro, eso trastorna a cualquiera. Es camionera, soltera y con poca vida social debido a los largos viajes que tiene que hacer con el camión. Pero ahora de repente, se veía con mucho tiempo libre hasta que levantaran el pie con el confinamiento y a ella le dio por ser una mujer de su casa. Los primeros días limpió hasta las esquinas que todo el mundo olvida cuando tiene prisa. Lo sé porque me pidió prestada la aspiradora y unos cuantos productos de limpieza, además el ruido que hacía no era normal, parecía que llevara tacones puestos mientras sacaba brillo a su diminuto apartamento de una habitación.

En esos días, rompió dos lámparas y lo que parecía sonar a madera partida por la mitad. Luego me enteré de que al subirse a una silla para cambiar una bombilla, se vinieron abajo las tres: la lámpara, la silla y ella.

En esos primeros días veía mucho la televisión por las noches, parece que tenía problemas para dormir y siempre había querido ver todas las películas antiguas que veía con su abuela de pequeña, así que según ella era una buena oportunidad para ponerse al día.

Los días de limpieza extrema acabaron con muchas piezas rotas y ahí adiviné que mi quería vecina no era muy ágil, más bien bastante torpona, pero qué culpa tiene ella si nunca pasaba más de dos días seguidos en su casa.

Después vinieron los intentos culinarios y ahí la culpa la tiene ese programa de cocina que se ha puesto tan de moda y que te hace pensar que cualquiera puede cocinar. Perdona, cualquiera no. Cocinar es un arte y una ciencia, y aunque se puede aprender, se necesita ser aprendiz muchos años para llegar a ser una buena cocinera. Te lo digo yo que cocino como los ángeles y soy una experta en huevos a la flamenca, por eso solo me zampo los míos y los que sirven en el bar La Sacristía.

Mi vecina ponía la tele tan alta que podía enterarme de qué estaba viendo en cada momento. Y aquí sí que empecé a preocuparme.

Ella ya me había confesado que no sabía freír ni un huevo frito cada vez que venía a pedirme ingredientes varios: que si una mijita de sal, que si perejil, que si naranjas… me estaba costando un ojo esto de ser amable con mi vecina y su nueva inmersión en el mundo culinario, pero a ella le estaba costando la piel. No sé cuantas quemaduras se hizo la pobre a causa de las frituras y el aceite caliente y las veces que olíamos a quemado en el edificio. Pero la chiquilla era testaruda y por más comida carbonizada que iba de la sartén a la basura, ella no se daba por vencida.

A las pocas semanas me di cuenta de que ya no se oía la tele sino un leve sonido, como pequeños martillos acompasados que iban a una velocidad uniforme. Yo le hubiera preguntado sutilmente, cuando me la encontraba por las escaleras, por ese cambio de sonidos en su casa, pero como tengo un oído más fino que los músicos de las sinfónicas, adiviné que se trataba de teclas de ordenador que siempre empezaban a funcionar por la noche. Por la información que yo tenía, la vecina no necesitaba el portátil para trabajar, así que pensé que poseía una faceta oculta como escritora y que había decidido dejar la cocina por el arte de las letras. Nada más lejos de la realidad.

Un día, fui a su casa para pedirle que me devolviera el molde de magdalenas que le había prestado hacía dos semanas. Me invitó a entrar y me dijo que me sentara mientras iba a buscarlo. Pasé al salón comedor y vi el ordenador abierto. Dios sabe que no lo pude evitar, y tuve que fijarme en la pantalla. Mi vecina no estaba escribiendo para ser escritora, estaba metida en sitios de esos raros con el objetivo de conocer el amor. Ahí tenía abierta varias conversaciones con hombres y una de ellas parecía que la cosa iba bien, porque estaban tramando verse a pesar de las normas del confinamiento. ¡Qué barbaridad!

Justo salió mi vecina con el molde, un poco incómoda cuando me vio de pie cerca del ordenador, que con el susto del timbre seguramente se le habría olvidado cerrar. Así que para que la pobre no se sintiera más violenta me inventé una excusa y salí por patas.

¿Y ahora que debería hacer yo? ¿Denunciarla? ¿Hablar con ella sobre los peligros de conocer a hombres de esta forma? Sabía varias historias que había visto en la tele y ninguna había terminado bien.

Con el ajetreo de la casa me olvidé del asunto y ella siguió chamuscando cosas en la cocina, aunque todo hay que decirlo, cada vez olía menos a quemado y un día hasta salía de su casa un olor que abría el apetito.

Los días siguieron pasando, hasta que las normas del confinamiento se suavizaron y ya se podía salir y respirar un poco. Mi vecina volvería a trabajar en breve, así que allí seguía aprovechando el tiempo que le quedaba para aprender a cocinar y encontrar el amor. Yo nunca le dije nada de su poco arte y de los peligros amatorios, porque me estaba convirtiendo en una vecina ejemplar, pero ahora que lo pienso me arrepiento.

Tengo la manía de acercarme a la mirilla cada vez que oigo pasos en el rellano. No es por cotilleo, es por seguridad, una nunca sabe quién puede estar detrás de la puerta. El caso es que me estaba quitando de esta manía, pero cuando escuché unos pasos sospechosos tuve que mirar. Era un hombre alto, bien vestido, pero que solo pude ver de espaldas porque se dirigió a la puerta de mi vecina, el tercero D. Ya estaban permitidas las visitas y ella se había dado prisa por tener su primer encuentro amoroso con uno de esos hombres con los que hablaba en horas intempestivas.

Me asomé a la ventana del patinillo interior y pude ver parte del salón. Había velas encendidas y olía a lasaña, al final comprendió que era mejor apostar por un plato sencillo.

Desde la ventana podía ver la escena que había montado mi vecina para la cena, luz de velas, música de jazz, cubiertos nuevos… todo parecía idílico. Se quitaron los zapatos, se echaron unas copas de vino y en cuestión de segundos pasó todo. Empezó a oler a quemado en la cocina y ella fue corriendo a ver qué pasaba. Se había chamuscado un poco la cena, pero nada grave. Mientras mi vecina retiraba la lasaña del horno, su acompañante derramó su copa de vino y al agacharse para recoger el destrozo y limpiar la alfombra, su peluquín se acercó demasiado a las velas y salió ardiendo. Del susto, el susodicho dio un salto y se cayó de culo donde estaban las cortinas, las cuales empezaron también a quemarse por culpa del peluquín. Cuando mi vecina salió de la cocina no daba crédito a la escena. ¿Cómo el fuego podía propagarse tan rápido?

Así es. Ni cena, ni folleteo y tantos días limpiando la casa para que venga un cualquiera y te la queme en cuestión de minutos.

Y ahora me toca ir a declarar por ser testigo de este fiasco de cena romántica. Con lo fácil que hubiera sido ofrecerme para prepararle unos huevos a la flamenca.

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